Pasando la frontera

–Un billete a Iruña… Pamplona, por favor.
–¿Horario?
–El siguiente que salga.

No he tenido tiempo de preparar nada. He apañado la mañana como he podido y me he venido a la estación sabiendo que cada dos horas sale un tren.

Con el tren en marcha releo su último Whatsapp de anoche:

“Mañana por la tarde llegaré a Elizondo. Estoy sin amigas hasta el domingo. Bss.”

Es la primera vez que se despide con unos besos desde hace treinta y siete años. Entonces fueron de verdad, no había estos aparatitos.

–Irene ¿me acompañas a comprarme algo de ropa?
–Qué no tienes tú. Si yo hubiera mantenido tu talla, todos los fines de semana te quitaría algo de ese vestidor y no te enterarías.
–Quiero estrenar algo. Sobre todo lencería. De eso no me he preocupado últimamente y creo que no tengo dos piezas que coincidan.
–Ya te he dicho que Gorka no te conviene. Sale de casa con una y vuelve con otra. Y a ti no te hace falta dinero. Puedes buscar algo mejor.
–¿Te acuerdas de Aitor? El que nos encontramos en el camping después del verano cuando fuimos a Zugarramurdi?
–No jodas. El pringao que de jovencitos solo le sacaste media docena de morreos en todo un verano y cuando volvéis a coincidir te da un besito en la mejilla como a nosotras y dice: “Buenas noches Ainhoa, me voy a dormir. Mañana nos vemos”.
–Si por Isabel y por ti fuese, nos hubiéramos metido las tres en su tienda a exprimirlo como un limón. Cuando nos conocimos era un caballero y lo sigue siendo.

He llegado justito a Iruña. Casi pierdo el autobús a Elizondo. La verdad es que podíamos haber quedado aquí y haber hecho la última parte juntos pero no quiero agobiarla. Ya es bastante que hayamos buscado habitaciones en el mismo hotel rural. También así puedo buscar restaurante para la cena y le sorprendo con la reserva hecha.

Al salir de Iruña dirección norte, rápidamente cambiamos los ladrillos por piedra, el aluminio por madera y los jardines por escarpadas praderas custodiadas por robles centenarios. Bulliciosos niños entre los gritos de sus madres por el rápido tintineo del rebaño guiado por los ladridos guardianes. A pesar de los coches del éxodo de fin de semana, hace unos minutos he escuchado seis campanadas en Arraioz cuando estamos cruzando el Bidasoa por última vez antes de llegar. Al entrar en Elizondo veo las construcciones blancas con las aristas de piedra y un zigzag de grueso roble oscuro que sostiene el tejado por encima de de un balcón que abraza el caserío, sobre un perfecto arco de piedra coronado por un zorro y una espada. Por dentro del arco, una mitad inferior impide el paso, mientras la mitad superior retirada a un lado, deja pasar el fresco.

A pesar que haber sol ya hasta casi las ocho de la tarde, la altura ganada nos ha hecho perder unos grados y tengo que ponerme el forro nada más bajar. Hincho mis pulmones de aire que retengo mientras subo la cremallera. En la mochila llevo algo más dotore(1). A ella le gusta vestir bien. Recuerdo cuando la conocí en el campamento de verano. Las noches que no teníamos guardia y podíamos ir al pueblo, ella tenía ropa sin una arruga que solo utilizaba en esas salidas. Más de una vuelta le arropé con mi chaqueta y le dí un poco de calor. Solo al final del verano un poco antes de entrar al campamento me atreví a darle algún beso.

He contado ocho campanadas. Miro el reloj para confirmarlo. En diez minutos llego.

Precioso el traje. Me he dejado llevar por Irene y he cogido uno justo por encima de la rodilla. Ella quería algo más de transparencia pero menos mal que le he convencido de que aquí las noches todavía son frescas, más que ella. Como las del campamento cuando le devolvía la chaqueta antes de entrar en él. Mira que tardó. Todo un verano para bajar la mano de los hombros a la cintura. Y si una noche no bebemos un poco más y no le acerco mi cara, no hubiera pasado de aquello.

Lo típico. Intercambias direcciones. Un par de cartas, una felicitación de Navidad y la promesa de volver a elegir los dos el mismo campamento el siguiente verano. Él sí volvió. Yo me fui a Francia con una familia durante todo el verano y… ¡uf! Allí empezaban en la cintura y bajaban la mano al segundo día. Creo que hubo otra felicitación de Navidad y nunca más.

Hasta hace un par de años. Lo vi en una librería. Bueno a él no. Lo reconocí en una foto en la trasera de un libro. Escritor, se ha convertido en un escritor. Aitor Bengoetxea. El parecido y ese nombre en el pie de foto no ofrecían dudas.

Cuando nos volvimos a encontrar… A ver. Tengo un amigo que conoce a su editor y conseguí saber algunas cosas sobre él. Muchas. Le gusta la zona. La proximidad con Francia le ha dado mucho juego en sus novelas. Antes de Navidad tenía que terminar una y el camping era un lugar donde pasaba tiempo escribiendo. Algún fin de semana le pillaría.

Nueve. Nueve fines de semana y nueve excusas con mis amigas que si no era porque yo pagaba los viajes, el camping y un montón de comidas no hubieran pasado del tercero. No entendían mi interés por una tienda de campaña que no había repetido desde aquel campamento.

No he querido preguntar en la recepción por él.

Al bajar le distingo sentado en un rincón escribiendo con su tablet. Forro por encima de los hombros, pantalón de monte y zapatillas. En la mesa una botella de txakolí. He decidido bien con una ropa informal.

–¿Ha conseguido pasar el espía a Francia? ¿Ha entregado los documentos? –le pregunto esperando sorprenderle.

Él no se inmuta. Levanta la mano señalando al fondo diciéndome: “Te he visto llegar en aquel espejo”. Se levanta y soy yo la que me acerco a darle dos besos. Una campanada de media pasadas las nueve suena en el carillón.

–¿Quieres un txakolí antes de ir a cenar?
–Si me tomo eso sin haber comido desde el almuerzo, vas a poder hacer de mi lo que quieras pero yo no me voy a enterar.
–Entonces podemos acercarnos al restaurante donde he reservado. Está cerca.
–Tendré que cambiarme. Me he puesto esto para bajar aquí.
–Estas perfecta… –No le dejé terminar.
–Dame cinco minutos mientras entregas los documentos. Ten cuidado al cruzar la frontera –le dije guiñándole un ojo.

Elegí un precioso conjunto azul turquesa y aquí si que no puse objeciones a Irene con unas pequeñas transparencias en los pechos y en el pubis. Por detrás me tapaba más que un tanga – no se como Irene e Isabel los aguantan – pero enseñaba bastante. La blusa no podía ser muy fina para este tiempo, pero dejaba adivinar una silueta azulada. La falda por encima de la rodilla… me sentía rara. Pero debo reconocer que mostraba unas cuidadas piernas. Lo último de Irene había sido unas medias a medio muslo pero sin liguero. Como se me mueva esto… No puedo llevar mucho tacón. Aunque no fuéramos a andar mucho, estamos en un pueblo. Vamos a desentonar un poco. Lo tengo que reeducar.

Seguro que Ainhoa bajará deslumbrante. Yo no puedo ir con ella con esta ropa. Subo a cambiarme. Seré más rápido que ella. Seguro.

Tampoco he traído mucho. Pero estreno un calzoncillo ajustado con un poco de pata. Pantalón chino con camisa manga larga. Últimamente le estoy cogiendo el gusto a los gemelos. Es cierto que vas dando golpecitos por ahí, pero para una cena tampoco son incómodos. No soporto los cinturones y si a mi me parece atractivo dejar caer el tirante del vestido o el del sujetador, ¿por que a ella no le iba a parecer lo mismo con unos tirantes? Unos mocasines son cómodos y elegantes.

Y lo de la corbata es incómodo y supermolesto para cenar. Definitivamente no. Una chaqueta de punto es el remate perfecto.

–Disculpe. ¿El señor que estaba sentado en aquella mesa?
–¿Aitor el escritor? Ha dicho que subía un momento a la habitación.
–Estás elegantísimo. Veo que has aprendido mucho desde el campamento.
–La verdad es que mi editor y las presentaciones de los libros me obligan. Y no me perdonaría desmerecerte. ¿Vamos? – me dice ofreciéndome su brazo.
–Hace fresco –le digo a Aitor intentando justificar mi acercamiento.

No hemos tardado más de diez minutos. Es como cuando llegábamos al campamento, pero esta vez no voy a dejar que se separe. Inconscientemente, a unos metros de la la puerta tiro de él para detenerle y le miro a los ojos con un mensaje claro ¡acerca esos labios!

He picoteado todos estos años. Me he comido exquisitos platos hasta quedarme satisfecha.

También me he dado atracones que me han sentado mal, algo había en mal estado o simplemente era mucho para una sola noche. Pero este hombre es una invitación a los postres. Me convierto en esa botella de espumoso que alguien ha agitado y él la va a descorchar.

–Buenas noches señor Bengoetxea.
–Aitor, que ya son muchos años.
–Así que eres conocido –dijo ella.
–Si seño… rita. Muchos de sus libros discurren en estos parajes. Incluso el restaurante aparece en alguno de ellos. Si estas mesas hablasen. Más de una batalla se ha ganado entre estas paredes. En la mesa que les he reservado también han comenzado los mayores romances de la historia del espionaj…
–¡Eneko! –le dije al maítre poniendo voz seria.
–Perdone señ… Aitor. Les acompaño a la mesa y les dejo un rato.

La mesa estaba preparada. El rosado que le gustaba a ella en la cubitera y una tabla con quesos de cabra y oveja. Las paredes alternaban la piedra desnuda con las cubiertas de argamasa teñida de blanco. El restaurante es un viaje por la etnografía de la zona. Encima de nuestra mesa un kaiku(2) autentico. No la reproducción en pequeña escala que uso en mi cocina.

Le separo la silla y le ayudo a quitarse la chaqueta descubriendo una bronceada espalda con un sutil hilo azul que contrasta al final de la abertura. Clavo mis ojos en ese cuello que el recogido castaño oscuro dejan al descubierto. Tengo la imagen de un rostro maquillado propio de las jovencitas. Ahora apenas una rayita en los ojos conjuntado el mismo azul que se adivina bajo la blusa. Al sentarse descubre la blonda de las medias que disimuladamente tapa con la servilleta.

No me desagrada el rosado, pero no tengo que pedir nada. Eneko me trae mi Muguruza crianza de la Rioja Alavesa.

–Tu último libro, el de las pasadas Navidades, ha sido un éxito. No conozco Saint-Étienne-de-Baïgorry. Me tienes que llevar allí. Con lo que he leído me apetece conocerlo. Quiero que me lo enseñes. Pero debe decirte que era previsible la aventura de James con la hija de los granjeros que le esconden. Hacer el amor en una cama con dosel con almohadones de plumas. Se lo leí en voz alta a mis amigas y no han parado hasta que he cambiado mi habitación.
–Aventuras y sexo es una combinación que vende, aunque no sé cual de las dos pone en más aprietos a James.

La cena ha sido estupenda. Hemos hablado de sus libros, de mis restaurantes, aunque realmente no soy de cocina. Mis padres sí lo fueron, se conocieron en una cocina y yo he heredado un negocio de varios restaurantes entre el País Vasco y el Vasco franceś. Me obliga a cruzar la frontera como James varias veces al mes para robar las recetas de unos y llevarlas a otros.

–Aitor, no me hagas mucho caso creo que he bebido demasiado.

Para el postre había pedido un gran cuenco de mamía(3) de oveja. Me levanté y moví la silla junto a ella para comerlo a medias. Ya no hacía nada por disimular la blonda de las medias. Tapé con mi mano la suya y con la cuchara en la otra alternaba alternaba su boca y la mía. Es cuello era una tentación irresistible y el frescor de la perla en el lóbulo una delicia. Ya no quedaba nadie en el comedor y Eneko entró a recoger la última mesa guiñándome un ojo.

Subí mi mano por su espalda hasta encontrar la nuca y empujarla suavemente hacia mi juntando los labios. Me acerqué a su oído y muy bajito le dije: “Uno de los barracones del campamento está libre”.

–No me queda más remedio que tapar esa espalda, pero te prometo que será solo un momento.
–Eneko, mañana vengo.
–Señor Bengo… Aitor, faltaría más. Esta es su casa.

Directamente cojo por la cintura a Ainhoa nada más salir del restaurante y la pego a mi. Ella me corresponde con un beso interminable que casi nos hace perder el equilibrio.

Pulso el botón de la segunda planta y cuando las puertas se abren tiro de ella sin dejar de besarnos.

–Ven a mi habitación. Tengo una camiseta que puedes usar para dormir…
–Duermo sin ropa –me interrumpe ella.

Abro la puerta mientras la abrazo por detrás pegándola a mi.

–¡Una cama con dosel!
–Dale las gracias a Irene –le susurro al oído– y déjame que vuelva a ver esa espalda.

Recorro sus vértebras con mis labios bajando hasta descubrir esa línea turquesa.

–Me encanta el turquesa.
–Y las medias con blonda a medio muslo, ¿verdad? Me parece que tú has hablado mucho con Irene –le digo mientras le rodeo para abrazarnos de frente.

Tiene tal habilidad que no me he dado cuenta cuándo me ha quitado la falda y la blusa. Dejo caer uno de sus tirantes mientras le suelto los botones de la camisa alternando uno por arriba y otro por abajo. Su manos me rodean pero el sujetador se le resiste. “Por delante, prueba por delante” le susurro. Le suelto el botón del pantalón que cae cuando dejo caer el otro tirante. Me tumba en la cama. Ahora le toca a la perla del otro lóbulo. Continua hasta mis pechos que como buen caballero atiende a los dos por igual y ellos se lo agradecen. No parece importarle quemarse en el infierno porque sigue bajando y con los dientes tira de mis braguitas.

Se incorpora y mete sus manos dentro de mi calzoncillo apretándome contra ella y lo empuja hacia abajo mientras me muerde el pecho. Desciende por mi cuerpo a la vez que empuja mi prenda hasta los tobillos. La empujo sobre la cama y juntamos nuestras bocas mientras hundimos los dedos en nuestro pelo y ella me rodea y me atrae con sus piernas. No recuerdo cuantas pero escuchamos varias campanadas antes de quedarnos dormidos.

Entran los primeros rayos de luz pero lo que me despierta es el zumbido del teléfono vibrando. Es un Whatsapp de Irene.

“Que tal con Aitor?” “Un caballero. Sigue siendo todo un caballero.”

(1)Elegante en euskera.
(2)Kaiku es un cuenco de madera con mango característico, usado en el País Vasco (español y francés) y Navarra para recoger la leche ordeñada, y más concretamente para hacer cuajada en él.
(3)Cuajada en euskera.

Reloj de cuco

Heredó el reloj de cuco de su madre y esta de la suya y… el reloj que había pertenecido a la familia desde hacía varias generaciones.

Desde niña recordaba historias de su madre y de su abuela que le decían que el cuco era caprichoso y que nunca se sabía cuándo iba a cantar.

Ella lo oyó cantar con su primera hija. Y con la segunda. Y con el tercero.

Tejía los patucos de su primera nieta, cuando el cuco empezó a cantar un instante antes de que sonase el teléfono.

Cuando oyó cantar el cuco por última vez, ella hizo una llamada: “He sido bisabuela ¿verdad?”

30 minutos

Nos conocimos el día de tu decimoquinto cumpleaños. Recuerdo que te quedaste mirándome
sin saber qué decir. Seguro que tú también lo recuerdas. Te sentías muy orgullosa y me
presentaste a mucha gente.

Sé que no fui el primero, pero nos hemos sido fieles durante todo este tiempo. Hasta hace
muy poco.

Durante todo este tiempo no has dejado de mirarme. Yo te recordaba cuando había que
volver a casa y tú me pedías treinta minutos más, o te decía de apurar la taza porque no
llegábamos.

Hemos compartido tus momentos más impacientes, más desesperados, mientras tú no
dejabas de mirarme y de tocarme.

También ha habido momentos malos. Veranos enteros en los que no nos veíamos. Aunque
sé que, incluso en esos momentos, siempre me has tenido en un lugar privilegiado entre tus
cosas queridas. Sé que en esas separaciones los primeros días me echabas de menos, y
luego me olvidabas. No te lo reprocho. Te merecías esos momentos de libertad que yo no
era capaz de darte. Pero no puedo ocultar que deseaba que el verano se acabase para
poder volver a acompañarte a todas partes.

Hemos envejecido juntos, pero parece que yo más. Pones toda clase de excusas para que
no te acompañe. Ya no te fías de mi porque ya no puedo seguir tu ritmo y me retraso o
incluso me paro.

Pero no te engañes. A ese que miras ahora con tan buenos ojos, no solo te da la hora como
yo. Lo sabe todo sobre ti. Olvídate de los veranos de libertad y de las tardes silenciosas.
Porque te ha cautivado, te ha atrapado y no puedes vivir sin él. Aunque lo mandes callar, él
hará mil y una monerías para llamar tu atención. Vibrará, se iluminará y quién sabe qué más
cosas.

No lo digo por despecho, créeme, pero él envejecerá mucho más rápido que tú y que yo. No
le pidas los treinta minutos porque no te es tan fiel como yo, y dejará que alguien lo utilice
para preguntarte: “¿Dónde estás?, ¿vas a tardar mucho?”.

Sensaciones

¡Cabrones! Si es una broma ya está. Ya me habéis asustado y os habéis divertido suficiente. Dejadme una luz y salgamos de aquí. Por eso me dijisteis que no hacía falta encender mi frontal. Me habéis dado una botella vacía. –

El fin de semana que viene iré con dos de mis amigos a hacer espeleología. Ellos llevan mucho tiempo haciéndolo con un grupo más grande. Me han invitado varias veces pero a mi me da mucho respeto. Me han prometido un bautismo fácil, una incursión cortita. Debo llevar un calzado cómodo, unas zapatillas fuertes con suela que no resbale. Y algo de abrigo. “Cuando entremos y ya no haya luz natural verás que hace frío” – me ha dicho Ramón.

– Adiós, mamá. Volveré después de comer – A ella no le ha parecido una buena idea y sé que se queda preocupada.

Mientras vamos en el coche me cuentan la historia de alguien que hace unos años se perdió y tardaron un par de días en encontrarlo. No me lo creo, quieren asustarme.

A la entrada de la cueva se nota en la cara una brisa fresca y el olor a humedad que viene del interior. Hacemos la última revisión. – No enciendas tu luz hasta que estemos más adentro. En el primer pasillo todavía tenemos luz natural. –

A medida que avanzamos y se va apagando la luz natural, van encendiendo las lámparas. Se nota el cambio a una luz más concentrada y de un tono más amarillo que el sol, más cálido. Si te miran de cerca con el frontal encendido se nota calorcito. Efectivamente el frío traspasa mi chaqueta y se nota en toda la piel que me queda al descubierto. El olor a humedad se camufla detrás del fuerte olor a ajo. El gas de los carburos.

Enciende tu luz y espéranos aquí. Vamos a entrar en ese pasillo que es un poco más difícil – me dice Ramón.

Me siento en una piedra y la sensación de frío da paso a la de mojado. Intento varias veces encender la luz pero no funciona. El click del encendido retumba en la sala, donde la altura provoca el eco. Antes de que me de cuenta el pasillo por donde se han ido se ha apagado. En la oscuridad, mi última imagen es una gran sala con un techo muy alto, la entrada por donde hemos venido y otra por donde se han ido ellos.

No me dejéis aquí. No se enciende la luz. –


Mi propia voz es la única respuesta. Mi madre tenía razón no era una buena idea. ¿Y si era cierta la historia de chico perdido? Se nota el frío en las orejas y algo desagradable en las manos. No es humedad, es miedo.

Muevo la cabeza lentamente y puedo distinguir una brisa menos fría. Debe venir de la entrada. Avanzo en esa dirección. Todo lo que toco está mojado, resbaladizo.

Mierda – El frío es más rápido que la sensación de mojado. Al entrar Ramón me advirtió que tuviera cuidado con no meter un pie en las pozas llenas de agua.

Aunque no distingo nada creo escuchar algo que puede ser gente hablando. La temperatura sube y veo algo de claridad. Las voces se vuelven nítidas. Puedo distinguir la de Ramón.

Le dejamos cinco minutos más y si no sale entramos a por él – le escucho perfectamente.

¿Cómo te ha ido? – me pregunta mi madre.

De miedo –

Lieratura que alimenta

esde el mordisco a una manzana que supondría la primera desobediencia y deslealtad conocida, la misma apetitosa manzana que pasará de mano en mano de malvadas madrastras envenenando cuantas princesas se pongan en su camino, pasando por La Última Cena, hasta maravillosas casitas construidas con paredes de chocolate sobre pilares de caramelo de vistosos colores que suponen un atractivo irresistible a los niños que para salvarse tendrán que engañar a la mala con un muslito de pollo, la historia y la literatura están en continua comunión con la comida.

Pero creo que debió ser la invención del fuego lo que marcase la impronta genética que perdura hasta nuestros días, y que hace que desde entonces nos reunamos para celebraciones, e incluso toma de decisiones, alrededor de una fuente y unos platos.

― ¿no quieres más?
― Sí, échate un poco más que está recién hecho. Que tienes que crecer. ― corearon la tía y la abuela.
― No gracias ― Puede que no estuviera tan lustroso como alguno de los comensales, pero acababa de cumplir los veinte por lo que mi etapa de crecimiento estaba superada.

No recuerdo cuantos, pero fue más de uno y dos cazos lo que tarde en aprender que no había que vaciar el plato antes que los demás.

Por fin los postres, la salvación. Creo que cualquier cosa que puedan ponerme en esta etapa soy capaz de comerlo sin miramientos.

Atrás quedaba el sofoco de enfrentarme a un plato de carne en el interior de tierras gallegas, tierra de carnes rojas. Era mi puesta de largo con lo más profundo de la familia de mi mujer. Conocía a sus padres, y su madre, conocedora de mis gustos en la mesa, siempre ha tratado de agradarme. Pero el resto de la jerarquía familiar era la primera vez que me veían. Ellos no me conocían y con toda su buena fe pensaban que el mejor agasajo que me podían hacer era un buen chuletón.

― A él le gusta más hecha ― dijo mi mujer para echarme una mano.
― Pero si no te va a saber a nada ― dijo una de las primas.
― Él prefiere el pescado, aunque también come pollo ― dijo mi suegra.
― Pues le preparamos unos filetitos de pechuga.
― No, me la pasáis… bastante y me lo como. Pero con uno más pequeño será suficiente que ya he comido mucho con el primer plato.

Y con el postre, la bebida nacional. El orujo. En la mesa aparecieron varias botellas de Martini. A pesar de la opacidad del verde cristal, se podían apreciar diferentes tonalidades en su interior. Una etiqueta escrita a mano, “hierbas”, identificaba una de las botellas de la que salía un líquido amarillento. La más oscura y de apariencia más densa, tenía la etiqueta “licor café”. La última no tenía etiqueta. Era la de líquido transparente, cristalino en el vaso.

― Esa es la del blanco ― dijo uno de los tíos.

A pesar de que la prudencia me invitaba a decir “yo no bebo”, lo cual es mentira, no quería volver al momento de la carne, por lo que alargue el vaso hacia la mano que tenía la botella más transparente.

Aunque todavía hoy alguno se resiste a creer que no me gustan las carnes rojas, disfruto de la familia, sus postres autóctonos y no tiendo el vaso, busco la botella sin etiqueta.

¡Ah! Mi mujer y yo somos felices aunque nunca comí perdices.

La decisión de no decidir

making clothes, taking it from the sheep to spinning and knitting

Muchos de mis mejores amigos, los de aquí y los de allá, me han abandonado aunque no por deseo propio. Todo lo que vine a hacer aquí, ya está cumplido.

Hace poco recibí una carta de Alberto, el hermano pequeño de uno de mis mejores amigos de allá. De los de mi infancia y juventud.

 Pradillo(1), a 18 de noviembre de 1836


Estimado Juan:

Siento tener que escribirte para contarte que Alfonso ha fallecido. Se ha ido con el deseo de visitarte y ver con sus ojos las maravillas que contabas del lugar donde te fuiste …

 

La carta continuaba con algunos detalles de la larga enfermedad que Alfonso no quiso contarme para no comprometerme y que no pareciera una llamada.

No era la primera y seguro que no sería la última. Esta me llegó casi a mediados de diciembre, y me hizo pensar si era el momento de volver. Ya nada me ataba aquí excepto mi ama de llaves, y pudiera ser que ya no volviese.

Debía decidirme rápido. El invierno había empezado y en una semana los barcos dejarían de partir hasta la próxima primavera.

 Orofino(2), a 20 de marzo de 1837

Estimado Alberto:

Le escribo para comunicarle el fallecimiento de Juan, según me dejó encargado que hiciera llegado el momento …

Esmeralda, su ama de llaves.

(1) Al sur de La Rioja en la Sierra de Cameros
(2) Condado de Clearwater en el Estado de Idaho

Nada es menos que cero.

No hace falta pasar mucho rato delante de la televisión, pasar la hojas del último dominical o tratar de ver en las redes sociales qué han hecho los amigos, para encontramos con campañas que apelan a nuestra sensibilidad con duras imágenes de la desgracia de otros con tristes finales. Otras sin embargo nos muestran un final feliz generalmente resultado de la solidaridad y la ayuda de la pareja, la familia, los amigos, los compañeros de la oficina o una parte de la sociedad que rodea al sujeto.

Me llama poderosamente al atención que generalmente las instituciones se valen de la primera técnica, parece que no tienen nada que perder y nos muestran la parte más dura, y las marcas utilizan la segunda para grabar en nosotros un dulce recuerdo asociado a ellas.

Una conocida marca, aunque no la única, si no sexista si orientada a sensibilizarnos sobre los problemas de un único sexo, es la que tengo ahora en mi cabeza, hace que zozobre mi credibilidad en sus buenos fines. Todo es ese final feliz pero sin datos que lo avalen. He tratado de investigar un poco y la documentación sobre los proyectos destinatarios y las cifras que se destinan a ellos forman parte de un hilo no hilvanable y difícil de seguir. Puedo entender aunque no comparta.

El breve periodo vacacional que acaba de terminar, ha hecho fructífera la publicación de toda clase de aventuras y experiencias y permite que dediquemos más tiempo a esto de las redes sociales y que se activen cosas que en otro momento estoy seguro pasarían desapercibidas.

Una conocida, aunque no la única, puso una imagen si sexista y orientada a sensibilizarnos sobre los problemas de un único sexo. Unaos estupendaos tetas pechos, que solo una camiseta de tirantes ayudaba a contrarrestar la ley de la gravedad, con un nombre sobre uno de ellos y un pie de imagen que rezaba “Firmá una teta. Firmá una teta contra el cáncer de mama vos también! 1 de cada 8 mujeres te lo va a agradecer.”

No voy a negar lo innegable, al menos en mi escala de gustos. La imagen era atractiva y sugerente. Sin duda lo que buscaba quien la hubiera puesto originalmente. Y eso ni lo comparto ni lo entiendo.

¿Alguien cree que por despertar mi líbido me va a sensibilizar sobre el cáncer de mama si no lo estaba ya?, ¿alguien cree que porque no ponga en mi muro o avatar una hora, un día o un mes un lazo rosa soy un insensible?, ¿tengo que poner un lazo azul para mostrar mi sensibilidad hacia el cáncer de próstata? Mi padre acaba de superar un cáncer de riñón y disculpen si les parezco insensible, pero no pienso firmar ninguna barrigita aunque tenga una atractiva apariencia entre dos minúsculas piezas de bikini.

En esto, no hacer nada, no es quedarse a cero, es entrar en números rojos, pero no vale todo.

¡Ah! y a las otras 7 mujeres ¿no les ponen las tetas?